Tras la asistencia al magno evento, mi gozo en un pozo. No hubo chistorra. Al menos hubo un sustituto más o menos eficiente, pinchitos y bocadillitos de lomo adobado. No es lo mismo, no es lo mismo... pero también estaba bueno.
Haciendo un repaso a la fauna que se presentó, en el exterior nuevamente se vio una concurrida asistencia de coches oficiales de embajadas. Se ve que al personal consular le gusta comer. Entre lo curioso, aparte de los señores de color, de color negro, quiero decir, uno de ellos llamó poderosamente la atención, no sólo por su altura sino también por su atavío, que me recordó al de los miembros de
Afrika Bambaata en sus buenos tiempos.
Había suelto por ahí un tierno infante que me recordó vivamente con su actitud y modales al reflejado por el insigne Pérez-Reverte en
este artículo. Y los hermanos mayores parecían altos rangos de un capítulo de los Latin King... qué cosas...
Por supuesto, las cosas típicas, como gente trajeada que parece que llevase una semana sin comer, y conversaciones vacías cogidas al vuelo, alguna en alemán y todo.
No me encontré con muchos conocidos. Un rápido recuento incluye a Lorco, una jefa y una ex-alumna, que me presentó a su novio, hijo del dueño de uno de los restaurantes españoles más antiguos. Y gracias a él conocí a uno de sus ex-empleados, que ahora tiene su propio restaurante. Pues ya tengo dos sitios más que visitar.
Y sin más demora, ni Jaime de Aragón, pasemos a la fotogalería: